El Land Rover Defender (denominación adoptada en 1990 para reemplazar a los Land Rover 90 y 110) es un icono absoluto del automóvil y del todoterreno. Vehículo rústico, diseñado originalmente para uso agrícola y militar, se basa en un chasis de escalera de acero coronado por una carrocería de aluminio. Si bien ofrece capacidades todoterreno inigualables y goza de una excepcional estima (y valor financiero), impone enormes compromisos: ergonomía de otra época, insonorización casi inexistente, comportamiento en carretera impreciso y seguridad pasiva obsoleta. Su fiabilidad mecánica global es correcta si el mantenimiento es riguroso, pero está crónicamente afectado por la corrosión (chasis y mamparo) y diversas fugas. La compra de un Defender L316 es una cuestión de pasión: no se compra un ki
El Land Rover Defender L316 no es un coche, es un estilo de vida. Objetivamente, sus defectos son innumerables para un uso en carretera moderno. Sin embargo, su encanto, su robustez todoterreno y su valor de reventa lo convierten en una compra pasional totalmente justificable. La regla de oro: huya del óxido. Un chasis o un mamparo podrido le costará miles de euros en restauración. Priorice un modelo sano, incluso con muchos kilómetros, antes que un modelo con pocos kilómetros pero corroído. Los 300Tdi son los más buscados por los puristas por su simplicidad, mientras que los 2.4/2.2 TDCi ofrecen un (ligero) extra de confort para el día a día. El Td5 es un excelente compromiso si se supervisa el cableado eléctrico.